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martes, 21 de junio de 2011

— LAS NOSTALGIAS DE NINA — POR JORGE A. COLOMBO





Más allá del viejo paredón, en el barrio de Pompeya, el paso del tiempo parecía tropezar con cada relieve del empedrado que las tenues lloviznas del mes de agosto se empeñaban en lustrar. El empedrado —desparejo y mechado de tímidos verdores— rodeaba una antigua casona de estilo veneciano. En el frente, un amplio parque aguardaba la caída final de un magnífico roble, ya a punto de verse doblegado por los años. La humedad decoraba los últimos reflejos del día.

A través de las cortinas grises que intentaban cubrir la ventana orientada al sur, tendida sobre la cama de hierro, podía verse su cuerpo casi seco. En su soledad la acompañaba una rolliza vecina, que con diligencia atravesaba el dintel de la puerta a la hora del almuerzo y de la cena; y una vez por semana para atender al cadete del supermercado.

La habitación parecía no tener color, como si lo hubiera perdido por el paso del tiempo, o estuviese oculto por el aire que allí, quieto y olvidado, se había transformado en un tul espeso y grisáceo. En ese espacio había tomado posesión un olor extraño, incómodo. El esfuerzo por levantarse de la cama le producía a Nina graves desajustes en el cuerpo, que siempre terminaban en la exhalación de un profundo quejido, acompañado de un fuerte aliento a entrañas agotadas y de un vaho que permanecía flotando en el aire hasta que la vecina abría la puerta para invitarse a comer. Entonces, el vaho se desplazaba con lentitud, descendía por gravedad las escaleras que daban al segundo piso, y se acumulaba en la salita de entrada hasta que alguien abría la puerta. Por esta razón el cadete del supermercado, antes de entrar, aguardaba un buen rato y a cierta distancia. El solo recuerdo de aquella vez que no había sido precavido le provocaba un profundo malestar en la boca del estómago.

Esa tarde, Nina se acercó a la ventana y con supremo esfuerzo corrió las cortinas. En la cama quedó la impronta suave de su cuerpo, y un hoyo en la almohada. En el vidrio creyó ver reflejada su joven silueta de antaño, de cuando Juan la cortejaba y —celoso de su belleza— la protegía de fogosos pretendientes oportunistas. En el barrio la conocían como “Nina, la reina de Pompeya”. Por entonces, el andar de su silueta sinuosa acariciaba los arrebatos de jóvenes y alimentaba la imaginación oculta detrás de viejas retinas. Un día los vientos de la política se llevaron a Juan. Quedó esperándolo. El viejo reloj de péndulo se detuvo. También, el olvido de Nina.

Pasó la noche en la mecedora, contemplando las raídas cortinas de voile que —ya casi destruidas— habían perdido los últimos vestigios de su color original. Se asemejaban a lágrimas grises, congeladas. Se entreabrió el camisón del lado izquierdo. Observó entre sus costillas el pequeño movimiento de su piel.

Parecían gusanos que pugnaban por salir. Intentó palpar los latidos. Imaginó las manos de Juan sobre sus pechos jóvenes y firmes, y las suyas sobre el de él. Con lentitud dolorosa se subió la pollera. La piel increíblemente blanca, salpicada de manchas marrones y estrías violáceas, parecía apenas adherirse a sus fémures; más bien colgaba de ellos. Recordó cuando Juan no desperdiciaba oportunidad para escabullir sus manos por debajo de su leve enagua y subirlas y bajarlas con enorme lentitud, acariciando cada milímetro de sus muslos encendidos.

Se sintió agitada.

La vecina entró a la habitación de Nina tan rápido como se lo permitía su enorme volumen. La vio sonreír, encorvada frente a la ventana, con sus encías vacías. Observó que se erguía y dejaba caer sus ropas en un gesto de entrega. Luego se desplomó sobre la cama de hierro, que apenas esbozó un suave rechinar de antiguos flejes y elásticos enmohecidos. Su escaso cuerpo agrietado y seco exhaló un largo suspiro. Las cortinas apenas se agitaron.

Quedó quieta. Lo último que sintió fueron dos pequeñas masas fofas, blanduzcas, que se empeñaban por cerrarle los ojos. Alcanzó a imaginar la mano de su vecina intentándolo. Después, cubrieron con una sábana sus restos macilentos y huesudos. Su postrero aliento a nada quedó encerrado bajo la tela.

Sonó el timbre. En la puerta de entrada al edificio una persona mayor, de nombre Juan, preguntaba por Nina.



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