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viernes, 10 de junio de 2011

— MUNDO LEJANO DE LA CONCIENCIA Y DEL HOGAR — POR HENRY TORRES


En una ventana de algún avión se veía una tormenta de rayos muy hermosa. Luces violetas con azul oscuro y un gris voraz eran el escenario aéreo. Los rayos en forma de dendritas sacudían las nubes en aquel cielo tropical.
Media vuelta alrededor de la cabaña y se formaba la postura de loto. Piedras levitando al son de un momento de paz. Los vidrios reflejaban emoción al cautivar ciertos enigmas de la física. Ninguna ley sería el encierro de algún milagro. La curación se daba cuando el cerebro era desintoxicado y privado de las limitaciones mundanas. El piso blanco con cuadros sellaba otras dimensiones y jurar en nombre del amor corría con el adiós de una temporada. El alma creía y tenía fe en un rumbo santo, aquel donde las vanidades desaparecían y la humildad contribuía al cuerpo para desligarse de sus átomos.
Al fondo del valle estaba aquella estrella cayendo en forma vertical que revelaba algún secreto en el universo. Horas antes el cielo se había dividido por una ráfaga de nube en línea recta para rasgar lo más profundo del color anaranjado. Desde el pozo se podían ver rostros a lo lejos y, con un telescopio, aquella cruz tan blanca y abrigadora de esperanzas.
En las montañas de cuarzo todo era más calmado, pues el tiempo se olvidaba en aquel sitio con fósiles de alguna era del pasado. Los cardenales surcaban los vientos calientes y se mecían entre las ramas de los arbustos secos. Los ríos paseaban por una tierra poco fértil y las rocas hablaban de visitantes de otros mundos. Los caminos hacia las pozas de aguas termales eran callados, llenos de un aire fresco y abundante; hasta se sentían presencias escondidas de algunos seres vivos quienes no ocultaban su cosmo energía.
La velocidad del viento era constante y en aumento. Era como si algunas voces del silencio quisieran explicar algo, cantar alguna tonada con enseñanzas rítmicas. Las olas se hacían notar al final del camino y acompañaban a la ciénaga que brillaba con puntos anaranjados de alguna carretera desgastada.
La timidez de las siluetas demostraba las sonrisas con las pocas ganas de hablar. Cientos de carros pasaban al salpicar los rayos de sol, calcinando el asfalto y dando la ilusión óptica del vapor cuando vuela.
El parque de diversiones era pequeño, pero la alegría danzaba en forma circular con ganas de retar a la gravedad. Las miradas explicaban que era una noche para volver a ser niño. Las máscaras y las corazas se habían esfumado cuando la amistad sellaba el pacto de ser personas sin ataduras para disfrutar de las bondades de la infancia.
No toda la vista era brillante. Ciertos días la luz se iba y había una gran soledad en el desván, junto con lo duro de ser feliz sin los vicios. Disfrutar de la vida con uno mismo era algo poco usual y lleno de dificultades. Últimamente, el hecho de estar solo y dormir por horas en la cama sin querer despertar por la depresión nacía de la inconformidad, de la codicia invisible que dividía el corazón de la mente. Mientras más máscaras venían, mayor eran las ganas por conocer nuevas; mientras más dinero se ganaba en los juegos, menor era la satisfacción con la vida y con el espíritu interno. ¿Dónde estaban los seres queridos cuando se necesitaban? Parece que no hacían falta, puesto que la última enseñanza se deducía del hecho cuando algún día vendría la muerte a tocar nuestros templos para emprender viajes astrales hacia otros universos y seguir comprendiendo que el tesoro está al cerrar los ojos y concentrar la esencia en aquella ventana llamada tercer ojo.
Cuando el alcohol golpeaba a los días siguientes con depresión y desasosiego, los sentimientos se daban cuenta de una falsedad que no soportaba los pasos del amor verdadero, sólo de la avaricia y de la carencia desesperada por resolver un mundo que no tiene que ser manipulado, sino vivido.
El olvido era duro y se hacía más fuerte cuando los ánimos se alejaban como las sirenas de alguna ambulancia apurada en las calles de la ciudad. Un último sonido que se conseguía al terminar horas de sueño y de hambre provenía al enfocar la vista en unos ojos cerrados. La vista se hacía poderosa y reconfortante; todo aquello que siempre se necesitó desde la infancia y lo cual se encontró en el mundo material a través de la adolescencia y de las carencias se entendía y se desintegraba como los acantilados en el mar que son erosionados y esculpidos de manera sabia y sin un fin egoísta.
El firmamento comenzaba a despejarse. Todas las estrellas brillaban y lucían túnicas de luces con varios colores. Algunas cartas que se leían y concedían sabiduría proveniente del cariño de alguna flor en cualquier parte del país bañaban de confianza a un corazón sometido por lo externo. Dudar del amor incondicional no era el problema; el problema radicaba en dudar de uno mismo, de la verdadera esencia y con alejarse a través de la depresión o de las enfermedades era el único modo comprensible para curar viejas creencias.
Las manos atadas seguían su rumbo para sentir emociones de poemas ajenos a los cuales no se les había dado la importancia necesaria para notar que cada ser vivo posee un pedacito de Dios más allá de donde lucen las siluetas.

Inercia, acción y expansión de mis letras





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