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viernes, 1 de julio de 2011

--LA CAVERNA DEL VIEJO PISTOLERO-- POR JOSEP D'ORS








Había algo extraño en aquel bar, pero no sabría describir el qué.

Había entrado en él casualmente. Era una espléndida mañana de domingo y yo bajaba paseando tranquilo por la Rambla del Raval en Barcelona, mientras ojeaba, distraído, la prensa del día.

De repente me di cuenta de que me había metido por una callejuela sin advertirlo, absorto por la lectura de las últimas hazañas de Gasol, y al ver un bar pensé que me apetecían una cerveza y unas bravas.

Entré decidido y sentándome en la barra, le hice mi pedido al mozo de aspecto patibulario que allí servía, sin pararme ni un segundo en apreciar su aspecto.
El bar estaba oscuro, y me chocó el hecho de que no se veían en parte alguna, los típicos calendarios con chicas o equipos de fútbol que suelen decorar estos locales.
Tampoco vi ningún reloj.
La barra era de fórmica vieja, y el taburete en el que estaba sentado estaba confeccionado con madera, ya pulida por los años.
Cuando me trajo lo solicitado, me fijé un poco más en él.
Era de aspecto recio, algo entrado en carnes y de esa edad indefinible que posee la gente que ha pasado mucho tiempo entre fogones, alto y con un ojo que en ese momento no supe definir si era de cristal o simplemente hacía la guerra por su cuenta. Lucía una barba frondosa y descuidada y, en general, su aspecto podía calificarse de ominoso.
Mientras degustaba la cerveza fría y negra- exquisita- y las deleznables patatas que la acompañaban, no pude evitar fijarme que en aquel antro -no cabía otra definición del local, créanme- pobremente iluminado por unos amarillentos fluorescentes, no entraba ni un mísero rayo de sol, y que los clientes que ocupaban las diversas mesas del interior- en la barra me hallaba yo sólo- resultaban tan diversos como chocantes.
En una de las mesas había un grupo de individuos, bastante mayorcitos, con batas blancas, que discutían animadamente sobre vete a saber qué. En otra un grupo de soldados, cuyos uniformes no reconocí, bebían en un silencio huraño, y en una tercera, un grupo de jovencitas sucintamente vestidas, por mor del verano supuse entonces, miraban hacia todas partes con gesto de inquietud.
Lejos de la barra, en la oscuridad del fondo de un local que cada vez me parecía mas grande, se veía algún movimiento en otras mesas, pero al ver que el camarero me observaba aviesamente con uno de sus ojos, decidí que sería mejor no ceder a mi curiosidad.
Especialmente tras darme cuenta de que portaba un arma en su cinturón, un pistolón de un calibre considerable, al modo de los viejos pistoleros del salvaje oeste.
Ya llevaba más de media hora allí, y el ambiente empezaba a resultarme opresivo y un tanto desconcertante.
Pagué y salí.
Y era noche cerrada.
Y al volverme hacia la puerta del bar, tan sólo hallé una persiana abatida.
Y jamás, a pesar de lo mucho que lo busqué, volví a encontrar aquel extraño local en la Rambla del Raval.
Hasta que un día…
Pero esa es otra historia.


3 comentarios:

  1. Por favor, Josep, si encuentras el bar llévame, me gustaría penetrar de nuevo en ese pasaje de historias que prometes contar. Recuerda que lo prometido es deuda, me has dejado con las ganas de saber si hay muescas en el arma del viejo pistolero.

    Besos y un fuerte abrazo

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  2. El salvaje Oeste fue también el cercano Oeste...esas películas que conformaron nuestra infancia y que nos hicieron descubrir que el mundo no tenía fronteras en la imaginación y que el tiempo era un juego en nuestra mente. Sí, este extraordinario relato - con algunos párrafos literariamente excepcionales - nos reconcilia con esa parte que llevamos en nuestra maleta interior y que conforma nuestra existencia. Que es no todo lo que se ve, sino lo que se acumula en algún lugar, dicen que es el cerebro/alma/conciencia/consciencia...tantos nombres para lo que aún no conocemos del todo ni sabemos explicar...

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  3. Es bueno , muy bueno.. Enhorabuena, Pep¡¡

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El autor de este texto agradece sus palabras.

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