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lunes, 21 de noviembre de 2011

— ELLA — POR AMADOR MUÑOZ

Tiene los ojos verdes como la albahaca, como la marihuana. Pero su mirada no es felina, mira con ternura al mundo y el mundo se lo agradece con dulzura. Tiene una hermosa mirada de mirar y ser mirada. Su nariz, su boca, sus mejillas, toda su cara, no son sino la extensión natural y armónica de su mirada, como si hubiera sido esculpida por un escultor renacentista que hubiera detenido el tiempo en el brillo de sus ojos, en el hechizo de esa profundidad geométrica, oceánica y secular. Igual conduce un deportivo por la autopista que se deja acariciar por la brisa navegando por la bahía, siempre sin perder el mar como horizonte y la tierra como huerto fértil. Igual monta a caballo entre los pinos y los álamos que se empapa los tobillos chapoteando a compás de footing en la arena de la playa. En el fondo no es sino una potrilla jerezana. Igual la encuentras en la Opera que en un Yerma de Lorca. Igual en un partido de futbol de la selección española que en la última de José Tomás en la Maestranza. Igual descalza al compás de los yembés y los darbukas en la Caleta que de camiseta, zapatillas y vaqueros ante una buena conversación y un buen vino en el Gitano. Igual regala su último bolígrafo a unos niños mocosos de Asilah que miradas indiferentes en Montmartre a los bohemios de ocasión.

Su melena dorada azota al mundo de hermosura travestida de verdad, verdad en estado puro y libre, sin disfraces ni maquillajes, sin máscaras ni rimmeles. Pero ella recoge su pelo tras su nuca en un continuo intento de pasar desapercibida. Ella no anda, se desplaza, ella no habla, te acaricia con la voz y nunca se detiene sino a mirarte y a escucharte, porque queda siempre cerca su próxima estación, la de su corazón sin dueño, la de su mente lúcida y altiva, la de su vivir sin mapa previo, sin coranes ni torás, sin biblias ni libros rojos, sin más dogma que vivir, vivir por sobre todas las cosas, confesando que vive casi tanto como deja de vivir. A veces también le asalta una atávica tristeza salpicada de dudas y algún miedo y llora, llora y llora, porque ella también llora, pero esconde la cara entre sus manos mientras sus dedos enredan entre sus sienes. Ella no se permite llorar ante cualquiera, guarda para sí la agridulce sal que traen como resaca la espuma de los días y los silencios martilleantes de las noches. Ella es la alegría de la casa y de la calle y siempre regala sonrisas, atención y buen rollito.

Cómo no dejarla entrar en este corazón tan ajado y trabajado de ruidos y melancolías, tan transitado de idas y venidas, cómo no dejarla habitar entre el sol y el si bemol de mi piano, cómo no intentar siquiera retratarla con palabras quién sabe si sólo en un fallido intento por sublimar lo inasible, lo insondable, lo inquietante de saber que existe, tan cerquita del mar y tan lejos de mi pequeño mundo… ¡Cómo no sentirse, tal vez, probablemente, casi enamorado!


©Amador Muñoz: http://dorchymunoz.blogspot.com/

2 comentarios:

  1. Amador qué relato tan fantástico. Poético y muy sugerente. Me gusta mucho. Besos

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  2. Perdona Amador, mi despiste llega a cotas muy altas, la anónima soy yo

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El autor de este texto agradece sus palabras.

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